Emilio Kourí/Nexos
El 3 de octubre se
cumplen 30 años del fallecimiento de Jesús Sotelo Inclán, a quien México le
debe mucho, pues supo reconocer el valor de los papeles que Chico Franco había
salvaguardado por décadas y dio a conocer públicamente las razones —concretas y
a la vez profundas— que animaron el alzamiento revolucionario de Emiliano
Zapata en Anenecuilco, motivos que hasta entonces casi nadie entendía (o
procuraba indagar) a ciencia cierta. Nacido en 1913, oriundo de la región de
Xochimilco, Sotelo tenía apenas 30 años cuando publicó Raíz
y razón de Zapata (1943). Había estudiado para ser profesor normalista y
también algo de derecho, y en un curso universitario de historia de México se
topó con Soto y Gama, cuyas cátedras ensalzaban la figura de Zapata, el apóstol
justiciero del agrarismo. Cuenta el propio Sotelo que aquello le chocó mucho,
pues su familia había sido víctima de varias incursiones zapatistas y él había
crecido creyendo que Zapata había sido nada más que un cruel depredador, el
Atila del Sur. Decidió entonces, hacia finales de los años treinta, ir a
Morelos a averiguar por sí mismo, pero no porque pensara investigar aquella
historia, sino porque quería escribir una obra de teatro y le atraían los
contrastes en la imagen de Zapata (¿bandido o apóstol?); “como si se tratara”,
escribiría luego, “de uno de los personajes de Shakespeare, envueltos en
sombras y pasiones terribles pero que irradian una magnética luz personal”.
Comenzó a viajar a Anenecuilco a conversar con la gente, eventualmente conoció
a Chico Franco y tras mucho esfuerzo se ganó su confianza.
Franco se encontraba entonces en apuros, pues arreciaba su conflicto con
Nicolás Zapata y con varios comisarios ejidales (“Chico Franco y
Nicolás Zapata”, nexos, agosto 2019). Un
buen día, ha de haber sido a principios de los años cuarenta, Franco le mostró
los papeles y dejó que los estudiara. Lo que Sotelo leyó y entendió cambiaría
el guión de su obra, y también el de la historiografía de la Revolución mexicana.
Hay que recordar que en 1940 era todavía muy poco lo que
se sabía con algún rigor documental acerca del movimiento zapatista y de sus
orígenes en Anenecuilco. Cuando mucho, el zapatismo se representaba como hijo
del plan maderista de San Luis. Los gobiernos de la Revolución habían
convertido a Zapata en el precursor de su reforma agraria, y algunos
intelectuales iban más allá: Zapata era el estandarte más sobresaliente del
(supuesto) espíritu agrarista y comunalista propio del “campesino” mexicano a
través de los siglos. En términos generales, la imagen de Zapata oscilaba entre
diatribas y exaltaciones sin mayor fundamento que el del cálculo político y la
predilección ideológica. Los murales de Rivera y las loas de Soto y Gama tenían
su contraparte en los vilipendios de Vasconcelos y otros detractores, pero más
allá de todo aquel ruido histriónico prevalecían el vacío, el olvido y la
indiferencia. Había en los viejos dominios zapatistas gente que recordaba otras
cosas, pero sus voces no se escuchaban. La excepción más notable en toda
aquella desmemoria pública sería la obra pionera de Gildardo Magaña, antiguo
general zapatista. Magaña se quedó con buena parte de los papeles del Cuartel
General y los usó, junto con otros documentos zapatistas que Lázaro Cárdenas le
facilitó, para redactar Emiliano Zapata y el agrarismo en México, cuyos dos
primeros tomos (¡de los aztecas hasta 1913!) aparecieron ente 1934 y 1937
(Magaña murió en 1939). Son textos de enorme valor probatorio, pero de cierta
pobreza analítica y explicativa, sobre todo en cuanto a la génesis del
movimiento, y adolecen además (como lo revela el título) de una perspectiva
histórica pan-agrarista —típica de la época— que ensombrece las
particularidades del zapatismo. En suma, el Zapata (y el zapatismo) que hoy
alcanzamos a imaginar eran desconocidos en aquel entonces. La “escondida
verdad” —la frase es suya— que Sotelo Inclán halló en los papeles de
Anenecuilco rescató a Zapata del gris pedestal enjaulado en el que los
ganadores de la Revolución lo habían colocado; su libro reveló la historia
enterrada y posibilitó que nuevas generaciones de historiadores le fueran
devolviendo al zapatismo sus diversas raíces y razones.
Buena parte de Raíz
y razón de Zapata se dedica a reproducir y explicar los
papeles de Chico Franco; a ellos Sotelo le suma otros
documentos del archivo nacional que encontró mientras buscaba entender lo que
significaba la historia de Anenecuilco. Esas fuentes son por mucho la parte más
valiosa del libro (“La caja de hojalata”, nexos, junio 2019).
Consultó además otros textos primarios ya impresos y una serie de obras de
interpretación histórica que evidentemente influyeron en su pensamiento: Chávez
Orozco y Aguirre Beltrán sobre las instituciones indígenas, Lucio Mendieta
sobre el problema agrario de México, Molina Enríquez y Wistano Orozco sobre
pueblos, tierras y leyes, González Roa sobre la revolución agraria y Magaña
sobre el zapatismo. Armado con todo esto, Sotelo Inclán hiló un relato
asombroso, dramático, conmovedor: el de un pueblo indígena muy antiguo (ya
aparecía en el Codex Mendoza), de propiedad comunal y “espíritu colectivista”,
que por casi siete siglos había luchado unido ininterrumpidamente para defender
sus tierras y su integridad en contra de las pretensiones de los terratenientes
expoliadores de turno. La historia de Anenecuilco, escribió, “es la historia de
esos despojos y de los esfuerzos que hizo para defenderse y poder vivir”, la
saga de “una lucha sin cuartel: PUEBLOS O HACIENDAS”. Era también la historia
de todos aquellos líderes electos popularmente que habían encabezado la
resistencia y resguardado los testimonios de sus antiguos derechos: “el destino
de Anenecuilco ha sido pelear siempre por sus tierras, y los hombres que nacen
en él están unidos a ese duro e inflexible destino”. Primero los calpuleques
prehispánicos, luego los gobernadores y principales coloniales, más adelante
los alcaldes, regidores y representantes, todos “desde el más remoto pasado
forman una línea recta que llega a Emiliano Zapata”. Todos ellos, nos dice
Sotelo, fueron en esencia calpuleques, “porque insistimos en que se trata de
una superviviente institución indígena”. La continuidad del árbol antiguo —de
las raíces a las ramas y de ayer a hoy— es la metáfora predilecta de Sotelo: un
solo pueblo, una sola lucha, un mismo gobierno. Así llega a la conclusión de
que Zapata fue un calpuleque más, el último, “el digno hijo de su gran padre el
pueblo”, del cual “heredó una potencia concentrada a través de siglos”. Por
todo eso, “el pueblo es el verdadero héroe, el Hombre una simple expresión de
aquel heroísmo”; Zapata “es un destino de raza y tradición, un hombre surgido y
sumergido en la vida de su pueblo”.
No es la obra de teatro que inicialmente se propuso
escribir, pero casi, excepto que el protagonista ya no sería Zapata sino el
pueblo de Anenecuilco: Fuenteovejuna en la tierra del cañaveral. Son argumentos
históricos que simplemente no se sostienen, pero que reflejan conceptos en boga
por aquellos años (y en ciertos casos y círculos todavía): el indigenismo
inductivo, la teleología histórica del agrarismo y el comunalismo orgánico.
Sotelo conocía bien el aciago pleito ente Chico Franco y
Nicolás Zapata, pero decidió ni mencionarlo, y evidentemente en nada modificó
sus juicios sobre la vida unitaria del pueblo: él quería contar otra historia.
De cualquier manera, lo verdaderamente trascendente fue dar a conocer los
papeles de Anenecuilco. Ése es el legado perdurable de Jesús Sotelo Inclán.
Inicialmente el libro tuvo un impacto
modesto; años después (1970) Sotelo sacó una segunda versión mucho más extensa,
pero para entonces John Womack ya había publicado su Zapata (1968,
1969 en español). Producto de una amplia investigación en archivos por parte de
un historiador profesional con grandes destrezas narrativas y explicativas, el
libro de Womack transformó la figura de Zapata y el significado del zapatismo;
se han realizado posteriormente numerosos estudios muy valiosos que modifican,
amplían o matizan sus interpretaciones, pero sigue siendo la referencia obligatoria,
y no sólo entre historiadores. Basta con recordar la carta de enero de 1994 en
que el subcomandante Marcos del EZLN mencionaba a Ángel, “tzeltal cuyo orgullo
es haber leído completo el libro de Womack sobre Zapata (‘tardé tres años.
Sufrí, pero lo terminé’, dice cada que alguien se atreve a dudar de su
proeza)”. Indudablemente el Zapata de Womack habría sido un libro muy
diferente de no haber contado con Raíz y razón (que
cita copiosamente) y con la consulta directa de los papeles de Chico Franco
que Sotelo le facilitó. En el prefacio de su libro Womack le agradece a Sotelo
Inclán el haberle “enseñado sobre México, Morelos y las luchas agrarias” (frase
que fue eliminada en la traducción al español).[1] Allí también Sotelo vive.
¿Y qué ocurrió con los papeles de
Anenecuilco? Cuando Franco fue asesinado tenía en su poder dos copias de los
documentos, la que Zapata le había confiado en la caja de hojalata y otra que
él había mandado a sacar en 1927. Recordemos que Nicolás Zapata quería quitarle
los papeles; al morir Franco amenazó a su familia y se apoderó de las copias de
1927. Se quedó con algunos, regaló otros. Los de la caja de hojalata fueron a
parar (por instrucciones previas de Franco) a manos de Sotelo Inclán, quien los
mantuvo guardados en su casa hasta el día de su muerte. Poco después su hermano
Guillermo logró acercarse al presidente Salinas por vía de un conocido mutuo y
le ofreció los papeles. Dicen en Morelos que Guillermo Sotelo los vendió por
nueve millones de pesos, aunque el trámite se presentó como donación. Por un
tiempo Salinas los mantuvo consigo en el despacho presidencial; allí los
consultó la historiadora Alicia Hernández mientras preparaba su libro Anenecuilco:
memoria y vida de un pueblo (1991). Luego, en agosto de 1991,
Salinas inauguró el museo La lucha por la tierra en la casa de Anenecuilco
que fue de Emiliano Zapata (donde vivió Nicolás de niño) y depositó allí los
papeles en una caja fuerte. Curiosamente, el primer director del museo, nuevo
guardián de los documentos, sería el hijo de uno de los comisarios ejidales
implicados en el asesinato de Franco: ironías de pueblo chico y revuelto. Y una
más, para terminar: los papeles de Anenecuilco siguen escondidos. Por alguna
razón ha sido prácticamente imposible consultarlos —o siquiera verlos— desde
entonces (incluso por un tiempo se perdió la combinación de la caja y no podía
abrirse); nadie sabe (o dice) por qué tanto misterio.[2] Allí
siguen, es de suponer, encerrados. En vista del devenir de los ideales
zapatistas en el curso de los últimos 100 años, ¿importan todavía esos papeles?
El tiempo dirá.
[1] Carta de Marcos sobre
la vida cotidiana en el EZLN, 26 de enero de 1994 (a Álvaro Cepeda Neri); John Womack, Jr., Zapata
and the Mexican Revolution, New York, 1969, p. XI.
[2] Mario Casasús, Jesús
Sotelo Inclán en Morelos (1939- 1989), México, 2019; Elvira Pruneda Gallegos, “De lo perdido, lo
que aparezca”, en Iparraguirre, De Giuseppe y González Luna (eds.), Otras
miradas de las revoluciones mexicanas (1810-1910), México, 2015, pp.
283-320.