sábado, 23 de septiembre de 2017

Entrevista con Eladia Lozano

Eladia Lozano: “Era secretaria de Neruda, transcribí sus conferencias y cartas en México”
Por Mario Casasús/Clarín de Chile

Ciudad de México.- En entrevista exclusiva con Clarín.cl Eladia Lozano (1921), secretaria del Comisariado general de guerra en Aragón y secretaria de Pablo Neruda en México DF, recuerda los viajes que hicieron junto a su esposo Enrique de los Ríos, el poeta chileno y Delia del Carril: “Cuando se enteraron de nuestra luna de miel, ellos decidieron ir a Europa con nosotros. Fuimos en el mismo barco desde México a Cuba y Francia, en La Habana nos recibió Nicolás Guillén. Pablo y Delia siguieron su camino a Italia y nosotros nos quedamos en Francia. En París nos recibió una diplomática mexicana de apellido Quintanilla –pariente de Antonio Quintanilla-, después vimos a Picasso acompañados de Neruda y La Hormiguita. Enrique y yo visitamos a Octavio Paz en la Embajada de México en París, se enojó al saber que viajamos a Europa con Neruda, estaban peleados”. Pablo Neruda, Antonio Quintanilla, Wenceslao Roces y José Ignacio Mantecón fueron los testigos de la boda de Eladia Lozano y Enrique de los Ríos en junio de 1950.

MC.- Neruda fue testigo de su boda con Enrique de los Ríos, ¿cuándo conoció al poeta chileno?
EL.- Neruda vivía en un departamento de la Avenida Veracruz, en casa de un muchacho que llamábamos Ernestico García Sánchez, este muchacho vivía solo y le prestó su departamento a Neruda porque pasaba malas condiciones en México. Yo había ido al mismo edificio de la Avenida Veracruz para saludar a José Ignacio Mantecón y su esposa. Conocí a Mantecón en España, él fue gobernador de la provincia de Aragón y yo fui secretaria del Comisariado general de guerra en Aragón. Cuando terminaba mi visita, en la puerta del edificio mencionaron: “¿quieres conocer a Pablo Neruda?”, les respondí: “me gustaría mucho”. Fuimos a saludarlo, eran vecinos, y me di cuenta que con frecuencia sonaba el teléfono para pedirle discursos, conferencias para los universitarios y mensajes políticos para los sindicatos, Neruda se quejaba: “no tengo a quién dictarle”. Entonces se me ocurrió: “si vengo un momento después del trabajo y Neruda me dicta los discursos que tenga pendientes, al día siguiente, en mi oficina, puedo traducir la taquimecanografía del dictado”. Pablo estaba todo el día en una cama con la pierna en alto por la flebitis, recuerdo que dijo: “Mijita me has salvado la vida”.

MC.- ¿Tomó el dictado de algún poema del “Canto general”?
EL.- No, era su secretaria para cuestiones académicas y personales, tomaba el dictado de las cartas de Neruda y de sus conferencias.

MC.- ¿Asistió a la presentación del “Canto general” en casa de Obregón Santacilia?
EL.- Sí, Obregón Santacilia y Cervantes Ahumada eran grandes amigos de Neruda, también lo visitaban en el departamento de la Avenida Veracruz, por supuesto me invitaron a la presentación del “Canto general” (1950), tengo un ejemplar dedicado para mí, porque hice muchos trabajos para Pablo.

MC.- ¿Conoció a Enrique de los Ríos en el departamento de la Avenida Veracruz?
EL.- Sí, Enrique visitaba a Neruda porque estaba enfermo en México. Enrique se ofrecía a llevarme a casa después de tomar el dictado de Neruda, al poco tiempo de conocernos me daba aventón a mi casa.

MC.- ¿Cuál fue el primer viaje que hicieron con Pablo Neruda y Delia del Carril?
EL.- Neruda comentó: “oiga mijita, a ver usted cómo se arregla en la oficina, pero se tiene que venir de vacaciones conmigo una semana”. Respondí: “bueno, una cosa es verdad: me deben chorros de semanas de vacaciones”, entre risas Neruda dijo: “ya está, qué es eso de tener a una persona sin vacaciones, las pide rápidamente”. En la oficina tuvieron que aceptar que me debían vacaciones y me dieron una semana. Primero fuimos al rancho de Cervantes Ahumada, ahí Neruda me dictó una conferencia sobre Guatemala.
     
MC.- ¿Se había casado con Enrique de los Ríos antes del viaje por el sureste mexicano, con destino a Guatemala?
EL.- No, éramos novios. Nos casamos en junio de 1950.

MC.- ¿Qué recuerda de su boda?
EL.- Fue una fiesta pequeña en el departamento de Concha Mantecón, su esposo José Ignacio trabajaba con Enrique. Los testigos de mi boda fueron: Pablo Neruda, Antonio Quintanilla, Wenceslao Roces y José Ignacio Mantecón. Tres testigos de mi boda vivían en el mismo edificio de la Avenida Veracruz: Pablo Neruda en el primer piso, Wenceslao Roces en el segundo piso y José Ignacio Mantecón en el tercer piso.

MC.- Pensé que se habían casado en su casa de Cuernavaca, ¿cuándo terminaron de construirla?
EL.- La casa de Cuernavaca estaba construida en 1949, pero nos casamos en la Ciudad de México.

MC.- ¿Invitaron a Neruda a la casa de Cuernavaca?
EL.- La casa de Cuernavaca tenía otra casa pequeña para invitados, y durante un viaje en automóvil dije: “¿tan juntas las dos, la casa grande y la casa chica”, se me ocurrió esa agudeza, todos en el automóvil se rieron porque en el viaje iban Matilde y Delia. Matilde cuidaba a Neruda y aprovechó el viaje a Guatemala.

MC.- Ahora que mencionamos a Cuernavaca, ¿Enrique conversó sobre la agresión de los nazis en 1941?
EL.- Claro, recuerdo la anécdota que me contó Enrique, se enredó a puñetazos con medio mundo, dio bastantes golpes para defenderse de los nazis.

MC.- El poeta exiliado José Herrera Petere escribió una novela sobre los nazis de Cuernavaca, ¿usted conoció a Petere?
EL.- Por supuesto, era un escritor que trabajaba en mi oficina de la Embajada de Rusia. Conocí a Herrera Petere en México, pero se fue a Ginebra por un trabajo de traductor. Petere era un intelectual en la Embajada de Rusia y yo una simple mecanógrafa, éramos amigos, me regañó cuando fui a Europa y no lo visité en Ginebra, pero no fuimos porque Enrique era corto de genio.  

MC.- En la golpiza contra los nazis participaron Luis Enrique Délano y su esposa, ¿los recuerda?
EL.- Claro, Luis Enrique y su esposa vivieron una temporada con Enrique, antes de que nos casáramos.  

MC.- Usted fue amiga de la esposa de Neruda, ¿cómo era Delia del Carril?
EL.- Era un sol, el problema fue la diferencia de edad, Delia había envejecido y luego llegó Matilde, pero prefiero no hablar de ella.

MC.- Hicieron otro viaje con Neruda y Delia del Carril, ¿por qué juntaron su luna de miel con el viaje de los Neruda a Europa?
EL.- Cuando se enteraron de nuestra luna de miel, ellos decidieron ir a Europa con nosotros. Fuimos en el mismo barco desde México a Cuba y Francia, en La Habana nos recibió Nicolás Guillén. Pablo y Delia siguieron su camino a Italia y nosotros nos quedamos en Francia. En París nos recibió una diplomática mexicana de apellido Quintanilla –pariente de Antonio Quintanilla-, después vimos a Picasso acompañados de Neruda y La Hormiguita. Enrique y yo visitamos a Octavio Paz en la Embajada de México en París, se enojó al saber que viajamos a Europa con Neruda, estaban peleados, cuando mencionamos a Neruda, Octavio Paz dijo: “aquí se terminó la visita”.

MC.- Cardoza y Aragón decía que Enrique de los Ríos era el mecenas de Neruda en México, ¿su esposo pagó el viaje de los Neruda a Europa?
EL.- Probablemente.

MC.- Después de la luna de miel, ¿cuándo volvieron a ver a Neruda?
EL.- Creo que en 1956. Fuimos a Chile y Neruda nos invitó a cenar a su casa de Santiago.

MC.- ¿Cuál fue su reacción al conocer a la nueva esposa de Neruda?
EL.- Matilde me recibió con una cara hasta aquí, porque no le gustaba, entonces yo la saludé medio fría.

MC.- ¿Cuándo vieron por última vez a Matilde Urrutia?
EL.- Durante la dictadura Matilde viajó a México para recoger los ejemplares del “Canto general” que nosotros resguardamos a petición de Neruda. Y de paso Matilde vino a  “estirarse” (cirugía estética), venía acompañada por la esposa de Otero Silva.

MC.- Otero Silva y Matilde Urrutia editaron las memorias “Confieso que he vivido”, ¿conversó con Matilde sobre la ausencia de Enrique de los Ríos en las memorias de Neruda?
EL.- Le pregunté por qué no citaban a Enrique, ella se disculpó diciendo que las memorias estaban inconclusas, eran apuntes y la edición fue responsabilidad de Otero Silva. Para congraciarse con nosotros, Matilde nos regaló libros de la biblioteca personal de Neruda.  

MC.- Publicarán una versión corregida y aumentada del libro “editado” por Matilde y Otero, ¿espera una reivindicación ante el descuido de la viuda?
EL.- Enrique tiene que aparecer en las memorias de Neruda.

MC.- ¿Enrique de los Ríos escribió sus memorias?
EL.- No. Lo único que escribió fue un diario sobre su viaje por la Unión Soviética. 

MC.- Neruda regresó a México por última vez en 1966, ¿se reunieron en Cuernavaca o en el Distrito Federal?
EL.- En la Ciudad de México, Neruda llegaba a nuestra casa para dormir la siesta y yo tenía que recibir a los periodistas, les ofrecía café y galletas. Los entretenía mientras esperaban que Neruda despertara.

MC.- Finalmente, Neruda tenía planeado viajar a México en septiembre de 1973, pero murió por el cáncer de próstata y la falta de medicamentos, ¿quién les dio la noticia de la muerte del poeta? 
EL.- Nos enteramos por la televisión. Estábamos pendientes de las noticias por el golpe de Estado, después hablamos por teléfono con Wenceslao Roces y otros amigos, si hubo un homenaje póstumo en memoria de Neruda evidentemente estuvimos.


martes, 29 de agosto de 2017

Entrevista con Aristegui Noticias

Libro de Juan Rulfo dedicado a Pitol se cotiza en 8,500 pesos en Facebook
Por Héctor González/Aristegui Noticias

El periodista Mario Casasús ha rastreado también una dedicatoria de Rulfo a Eduardo Galeano.
El 3 de junio un joven veracruzano que en Facebook se hace llamar Giovanni Paolo, puso a la venta en su perfil, una edición de Pedro Páramo fechada en 1981. El ejemplar tenía la particularidad de contar con una dedicatoria de Juan Rulfo a Sergio Pitol.
El libro llamó la atención del periodista e investigador Mario Casasús. “Giovanni Paolo aseguró que provenía de la biblioteca personal de Pitol, lo que en principio me hizo pensar que podía pertenecer al enorme legado que donó a la Universidad de Veracruz; también consideré la posibilidad de que fuera una falsificación, pero al cotejar la firma con otros autógrafos de Rulfo puedo asegurar que es original”.
El periodista intentó contactar con el vendedor cuyo verdadero nombre es Rafael. “Nunca me contestó. Creo que tendría que aclarar la forma en que lo obtuvo dado que afirma que proviene de la biblioteca personal del autor de El arte de la fuga. Si no le interesa hablar con la prensa, tal vez sí tenga que hacerlo con el abogado Rafael Hernández, representante legal de Laura Demeneghi, la sobrina de Pitol”.
La relación entre Pitol y Rulfo fue de mutua admiración. En enero de 2016 la revista La palabra y el hombre, editada por la Universidad Veracruzana, dedicó su número al treinta aniversario luctuoso de Rulfo. La publicación recuerda Casasús, recuperó el prólogo que en 1966, Pitol escribió para la edición polaca de Pedro Páramo.
“El inicio es divertidísimo –cita Casasús-: ‘La novela Pedro Páramo del joven autor Juan Rulfo, apenas a diez años de su aparición…’. Esto te habla de la admiración y de lo visionario de Pitol para escribir un texto lleno de elogios. Años después, en 1981, Rulfo devolvió el favor y en un gesto de reciprocidad le obsequió un ejemplar que tenía en su biblioteca personal con la siguiente leyenda: ‘Al admirado y querido amigo Sergio Pitol’”.
Dedicatorias a Galeano, Hernández y Robertson
Al autor de El llano en llamas no se le daba el elogio fácil. Ni siquiera a Gabriel García Márquez le escribió que lo admiraba, de ahí la importancia de la dedicatoria a Pitol, precisa Casasús, quien recientemente ha indagado el origen de otros autógrafos del escritor jalisciense para autores como Eduardo Galeano y Efrén Hernández.  “El origen de cada ejemplar confirma la validez. El autógrafo para Efrén está en posesión de su hijo Martín Hernández, quien a su vez le pasó la fotocopia a Alejandro Toledo y él la subió a Facebook. El autógrafo a Galeano tiene la misma lógica que el de Pitol.  El uruguayo escribió tres o cuatro textos sobre Rulfo, lo curioso del caso es que no sabíamos de su aprecio por Galeano más allá de lo político”.
La dedicatoria al autor de Las venas abiertas de América Latina está fechada en mayo de 1978, en Venecia. El lugar plantea la incógnita sobre lo que hacían ambos escritores en la ciudad italiana. “Hablando con el biógrafo de Galeano especulamos que él estaba terminando el libro Días y noches de amor y de guerra, pero ¿qué hacía Rulfo ahí? ¿Iba por placer? ¿Fue a un congreso o a una universidad? En la biografía de Alberto Vital no encontré el dato”.
Para Casasús los autógrafos nos muestran no solo el nivel de cercanía, también permiten rastrear a los autores en una fecha y lugar determinado.  Curioso en este sentido es el dedicado también por Rulfo, al doctor chileno Enrique Robertson, exiliado en Alemania desde la dictadura de Pinochet. “La firma es importante porque data del 15 de noviembre de 1984, recordemos que Rulfo fue en 1982 a Berlín por la mítica lectura a dos voces con Günther Grass, pero el autógrafo a Robertson registraría su último viaje a Europa”.
El mexicano dictó una conferencia en un centro cultural conocido como El Búnker, en la ciudad de Bielefeld. “Robertson asegura que la invitación era para la Universidad de Colonia, pero viendo que había unos días libres se lo prestó a Bielefeld. Me queda claro éste fue su último viaje a Europa.  Al año siguiente, en 1985, entró a un tratamiento en el Instituto de Cancerología y el 7 de enero de 1986 murió. Habría que rescatar el dato y pasárselo al biógrafo Alberto Vital”.
Mario Casasús prepara un proyecto de investigación con base en el pasaporte de Juan Rulfo. Advierte que hay una serie de mitologías alrededor del escritor mexicano y que es necesario precisarlas. “Me interesa trabajar sobre sus viajes a Sudamérica y su relación con autores como Quiroga Santa CruzPablo Neruda y Julio Cortázar”, concluye.

viernes, 18 de agosto de 2017

Poli por Villoro en Reforma

Poli
Por Juan Villoro/Reforma

El destino literario de Poli Délano comenzó en la cuna. Pablo Neruda, amigo de su padre, juzgó que ese rubicundo bebé sería tan grande como el gigante Polifemo. Esto ocurría en 1936 y el niño se llamaba Enrique. Las palabras del poeta resultaron proféticas en lo que toca al nombre pero no a la estatura del futuro cuentista, cuyo apodo se redujo a Poli.
Cuando lo conocí se definía como un “vikingo enano”. La barba rojiza y la intensidad de la mirada eran los de un arriesgado tripulante de navíos escandinavos. Había pasado parte de su infancia en México, donde su padre, el escritor Luis Enrique Délano, era diplomático. A los siete años presenció una escena que Mario Casasús ha rescatado en un texto admirable: fue a Cuernavaca con su familia y Pablo Neruda; ahí, un grupo de nazis agredió al poeta, que tuvo que defenderse a sillazos.
En 1974 Poli volvió a México. Su exilio duraría una década. La simpatía que despertó fue instantánea. Venía del Chile de Allende, mancillado por la dictadura, y disponía de un inagotable arsenal de vida. Había pasado años en China, conocía Kenia, había bebido seis botellas de vino con Charles Bukowski. Hablaba de tangos con la misma soltura con la que citaba en inglés a Hemingway, Saroyan, Faulkner, Joyce y todos los demás. Había sido boxeador aficionado y, luego de un coqueteo con el maoísmo, militó con los comunistas. Un héroe de acción capaz de escribir los cuentos, marcados por los traslados y el romance, de Gente solitaria y Amaneció nublado.
Roberto Bolaño comentó que quienes viven de ganar concursos literarios son como cazadores de cabelleras. Poli pertenecía a esa estirpe pielroja. Ganó todos los concursos disponibles, pero se libró de envidias gracias a su carácter generoso y a la escasa importancia que concedía a sus logros. Su habilidad para conversar derivaba de un complemento imprescindible: sabía escuchar. Su interés por los otros hacía que aceptara toda clase de invitaciones a leer textos ajenos. Miguel Donoso Pareja solía llevarlo a su taller como invitado de lujo. Además de discutir nuestros manuscritos, Poli nos invitaba a comer empanadas a su casa, donde esperábamos avistar a alguna de sus hermosas hijas.
Su personalidad provocaba adhesión unánime, pero su concepción de la literatura no gozaba del mismo consenso. En tiempos de desaforada experimentación, defendía la supremacía de la trama. Para él, de Chaucer a nuestros días, la ficción dependía de una buena historia. Los juegos estructurales y las aventuras del inconsciente no eran lo suyo. En los amotinados años setenta su postura parecía convencional. Hoy numerosos alardes de aquel tiempo resultan anticuados.
En 1976 coincidimos en la premiación de la revista Punto de Partida. Él había sido jurado en cuento y yo obtuve un segundo lugar con un texto muy influido por Desnudo en el tejado, de Antonio Skármeta. Hablamos de chilenos hasta que otro joven autor se unió a nosotros: Roberto Bolaño. Con la pasión con que opinaba de cualquier tema, dijo que los cuentos de Skármeta y Délano tenían la potencia de los de Chéjov. Poli le preguntó si había ganado algo en Punto de partida: “Tercero en poesía, aunque más bien merezco una amonestación”, respondió el detective salvaje.
Poco después, Bolaño escribió que Poli concebía sus cuentos como “largas peripecias en algún lugar del mundo donde el héroe acelera sus sentidos o bien se aburre mortalmente: devoradores de almejas con lágrimas, porotos y memoria: parejas caníbales que se persiguen por las calles de Santiago mientras él les aplaude”.
Como buen boxeador, Poli no quería pelear fuera del ring. Alguna vez lo hizo con algún colega chileno, pero era incapaz de rencores. Sólo odiaba un muelle. En Santa Mónica, California, había cargado en vilo al escritor Armando Cassigoli y amenazó con tirarlo al mar. Tropezó, el amigo le cayó encima y le reventó los tendones. Poli no volvió a caminar como antes. Por desgracia, ese largo muelle de madera aparecía en muchas películas. Cada vez que lo veía, Poli quería destruirlo.
Hacia 1979 escribió una de las primeras reseñas sobre mis cuentos. Fue generoso en exceso, pero advirtió que me faltaba sufrir. “No te preocupes, de eso se encarga la vida”, me dijo más tarde. Tenía razón. Los años son un aprendizaje del dolor y la muerte de Poli lo confirma, última lección del maestro.


*Diario Reforma, 18 de agosto de 2017

sábado, 12 de agosto de 2017

En memoria de Rius

Rius: “La derecha medieval no sabe con qué cara celebrar este falso Bicentenario”
Por Mario Casasús

Tepoztlán.- En entrevista con Clarín.cl Eduardo del Río (1934), desmitifica la conmemoración del Bicentenario: “En la derecha mexicana no tienen ni asomo de vergüenza, tras haber sido los que mataron y vejaron a Hidalgo y Morelos, los que asesinaron tanto a Madero como a Villa, Zapata y Flores Magón, que el PAN esté encabezando unos festejos carísimos y sin ningún provecho para nadie, excepto, claro, para los organizadores y sus cuates escritores, músicos, pintores y escultores. No creo, pues, que haya nada para celebrar”.
El 11 de septiembre de 1973, Rius abrió una carta que le envió Augusto Olivares –asesor del Presidente Allende y director de Televisión Nacional de Chile en 1973-, para invitarlo a conocer la experiencia de la Unidad Popular, por obvias razones el caricaturista mexicano no pudo viajar a Santiago de Chile, sino hasta después del plebiscito de 1988 y la salida del dictador Pinochet. Este tipo de invitaciones se han multiplicado durante toda la trayectoria de Rius, en agosto de 1964, Ernesto Che Guevara le propuso dirigir una revista de humor gráfico en La Habana; hasta el Subcomandante Marcos del EZLN reconoce en Rius a su maestro, porque desde las historietas Los Supermachos (1966-1968) a Los Agachados (1968-1981), "En la provincia, la política llegaba por Rius o no llegaba".

MC.- ¿Por qué bautizó su libro: 2010 Ni independencia ni revolución?, ¿era demasiado optimismo llamarlo “Bicentenario para principiantes”?
ER.-Bueno, el título es para justificar el contenido. Traté de llevar varios hilos conductores a lo largo del libro, lo que se volvió un enredijo a la mera hora. Traté de hacer ver que mientras no resolvamos el añejo problema indígena, este país no va a cambiar, ni a mejorar. Otro hilito fue demostrar que ni somos independientes (sería un chiste cruel sostener lo contrario), ni se ha hecho una Revolución digna de ser festejada. Nuestra “Revolufia” duró sólo un sexenio con el General Lázaro Cárdenas, y después se volvió “Robolución”, y hasta la fecha en eso anda la cosa.

MC.-En diciembre de 1985 “El Metiche” publicó una entrevista con “Rius”, por supuesto hablaron del Mundial de Fútbol México 86; ¿qué opina del “gran evento del Bicentenario”, el partido México vs. España?, ¿qué tipo de conmemoraciones organizó la derecha para una efeméride que le era indiferente?
ER.- No sabía que un partido de fútbol fuera parte de las celebraciones. Eso nos da la medida exacta del pensamiento de nuestra derecha medieval, que no sabe con qué cara celebrar este falso Bicentenario, excepto con eventos macabros como llevar las calaveras de los héroes a no sé dónde ni para qué, o a hacer fiestas de oropel para satisfacer a nuestro globero y fiestero pueblo, que celebra hasta un empate con Haití o las Islas Caimán. Aunque también los gobernantes que se dicen de izquierda, no han pensado nada diferente de fiestas aparentes y monumentos nuevos que no nos sirven ni para un carajo. En la derecha mexicana no tienen ni asomo de vergüenza, tras haber sido los que mataron y vejaron a Hidalgo y Morelos, los que asesinaron tanto a Madero como a Villa, Zapata y Flores Magón, que el PAN esté encabezando unos festejos carísimos y sin ningún provecho para nadie, excepto, claro, para los organizadores y sus cuates escritores, músicos, pintores y escultores. No creo, pues, que haya nada para celebrar.

MC.- El Bicentenario se conmemora en –casi- toda Latinoamérica, la principal tesis de su libro es la persistente injusticia, violaciones y saqueos que han sufrido los pueblos originarios, incluso cita a dos presidentes de México que renegaban su raíz indígena (Benito Juárez y Porfirio Díaz). ¿Cuándo se terminará el racismo en el continente?, ¿qué representa Evo Morales para Latinoamérica?
ER.- Estos festejos no están calculados para combatir y menos acabar con el racismo. Eso sigue viento en popa. Los organizadores de los grandes festejos son empresarios extranjeros, gringos y franceses sobre todo. Los indios no tienen nada que hacer en las celebraciones. Todavía si se les dieran pases para visitar los museos donde están las preciosísimas obras de arte de sus antepasados, o los dejaran entrar gratis a Teotihuacán, Palenque o Chichen Itzá... ¡Pero ni eso! O que declararan una amnistía general para todos los presos políticos, la mitad de los cuales son indios inocentes. Bueno, soñar no cuesta nada.
Lo de Evo Morales en Bolivia es la excepción que confirma la regla, en un continente donde los dueños les siguen pagando renta a los invasores de sus tierras. Vuelvo a uno de los hilitos del libro: tenemos que hacerle justicia a los indios o no tenemos ya esperanza como país. Siempre nos han gobernado los enemigos del indio, los conquistadores. Yo no concibo un pueblo que siga sometido a los curas que destruyeron su cultura y su religión. Pero así es la cosa: somos cristianos y guadalupanos. Ya se nos olvidó la Conquista y el Virreinato, y esperamos un milagro de la Virgen de Guadalupe -y de sus otras 657 denominaciones- para llegar a la Independencia y la Democracia.

MC.- El 11 de septiembre de 1973 recibió un telegrama con la invitación del gobierno de Salvador Allende para viajar a Santiago de Chile; tengo la impresión de que usted, después de la amarga experiencia dictatorial sudamericana no quiso conocer Buenos Aires, Montevideo, La Paz o Santiago, ¿estoy equivocado?
ER.-Lo que me llegó ese 11 de septiembre fue una carta del Perro Olivares -creo que era el secretario de Allende o algo por el estilo- invitándome a Chile. Años después, tras el NO a Pinochet, me animé a ir a Chile invitado por la Universidad Católica para participar en un Encuentro de Historieta, donde pude conocer a mis colegas chilenos, Hervi entre otros, que se fajaron haciendo cartones delante de Pinochet.

MC.- En más de 125 libros de humor gráfico, ha publicado temas de filosofía, política, historia, ecología, sexología, gastronomía, etcétera; sin embargo no conozco un libro de usted sobre los escritores que admira, a excepción de una historieta en homenaje a “Cien años de soledad” (Proceso, 2007). ¿Por qué no ha dibujado la biografía de ningún escritor?
ER.- El tema de escritores no me entusiasma demasiado para hacer un libro. Participé con mucho gusto en el homenaje de Proceso al Gabo y sus Cien años de soledad, sufriendo bastante porque el tema era difícil. La prueba es que fui el único que hizo una historieta sobre Macondo, mientras los demás se concretaron al cartón clásico. Sin embargo, mi último libro viene a ser una biografía ilustrada con los trabajos de un gran ilustrador del exilio español, José Narro Celorio, prácticamente desconocido en México y más conocido en España. Es un libro serio sin monos míos, que no sé qué recepción tenga entre mis lectores. Pero bueno, yo quiero hacer un homenaje a un dibujante y tratar de subsanar la injusticia que se estaba cometiendo con él.

MC.- ¿Cuál es el criterio al compilar sus Obras Completas?, ¿por qué ha excluido libros como "Ya te vimos Pinochet"?, ¿es una decisión de sus editores?
ER.- Bueno, el criterio que están usando los editores en lo que se pueden medio llamar mis Obras Completas, es incluir sólo los libros editados por Grijalbo. El de Ya te vimos Pinochet (1974) y otros, no aparecerán en esa colección. Habría que hacer otro con los títulos que no fueron grijalbosos o como se diga.

MC.- La Editorial RM ha publicado el catálogo de libros de arte con mayor prestigio de Iberoamérica; el pasado 3 de junio presentó el libro homónimo de la exposición: “De San Garabato al Callejón del Cuajo”; ¿qué piensa al ver las acuarelas de Rius en un museo y formar parte del canon del libro de arte?
ER.- Mi trabajo no es para libros de arte. Lo del Museo del Estanquillo sólo fue el catálogo de la exposición: "De San Garabato al Callejón del Cuajo", donde se colaron algunas acuarelas y un seudo-mural. Está por salir un libro que comprende todas las "Casas de Citas" que he hecho para El Chamuco, en las que se puede "admirar" diseños gráficos y collages medio artísticos. En el mejor de los casos, sí consideraría "libros de arte" a los de collage que he hecho: "Con perdón de Doré" y "La mamá del Quijote", que son menos conocidos que otros de mis títulos.

MC.- Han sido meses difíciles, murieron sus queridos amigos Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas; ¿cuál es el aporte de “La familia Burrón” a la gráfica popular?, ¿y el papel de Monsiváis en la revaloración de la caricatura e historieta?
ER.- Pues sí, este año se nos han ido grandes amigos y admirados escritores, como Monsi, Gabriel Vargas, José Saramago, Carlos Montemayor y otros menos conocidos. Pero todos los años pasa lo mismo. Claro, hay que reconocer que lo que hizo Gabriel Vargas por la historieta mexicana, y lo que hizo Monsiváis por la cultura mexicana, no va a tener competencia. Nadie va a repetir la obra de los dos y menos ahora que se avecina -gulp- el fin de nuestra o vuestra civilización.

MC.- ¿Cuál fue el motivo de su reciente expedición a Oaxaca?, ¿festejar los 70 años del pintor Francisco Toledo?, ¿le gustaría montar una exposición con él?
ER.- Yo considero con múltiples fundamentos que Oaxaca es lo mejor de México, y es el estado donde más se siente uno en el México profundo. Me fui con la familia a gozar de la Guelaguetza y ver a Toledo si se pudiera. No se pudo y ni modo. Yo a Toledo lo quiero un chingo, por todo lo que ha hecho por Oaxaca. Hasta me hizo la portada del “Mito Guadalupano” sin cobrarme... ¿Participar en una exposición junto con Toledo? No me siento capaz ni de imaginármelo. Él es un maestro.

MC.- Finalmente, nació en la provincia de Michoacán, se mudó a México DF, pero hizo de tierras zapatistas su residencia definitiva; ¿cuál ha sido la mejor experiencia de su estancia en Cuernavaca y Tepoztlán?, ¿qué personajes recuerda de sus años en Morelos, desde Sergio Méndez Arceo a María Rosas?

ER.- A resultas del secuestro que hizo con mi persona el H. Ejército Nacional en 1969, como colita del 68, me ví obligado por órdenes médicas a salir del DF, y lo que me quedaba más cerca y disponible fue Cuernavaca, que no me gusta mucho que digamos. Ya cuando se echó a perder más de lo que estaba, emigré a Tepoztlán, que me gusta mucho, pero que ya empieza a dar señales de decadencia "progresista" por el número de coches que alberga en sus callecitas sin banquetas. Y cuando se eche a perder del todo, tendré que pensar a dónde huir, a algún pueblito en las faldas de “don Goyo Popocatépetl” seguramente. Pero no debo quejarme, pues acá tuve la suerte y el gusto de conocer a Méndez Arceo y trabajar con él, lo mismo que con Iván Illich, María Rosas y otros y otras no-morelenses, pero buenos cuates, a los que no les importa haber nacido o no por estas latitudes. Total: finalmente todos somos seres humanos y a la chingada.

viernes, 11 de agosto de 2017

Entrevista a Poli Délano por Bolaño

Entrevista a Poli Délano
Por Roberto Bolaño/Plural

Poli Délano (nacido en 1936), desde sus primeras obras se coloca entre los mejores narradores chilenos de la generación de los sesentas; entre los libros de esa época cabe mencionar Gente Solitaria, Santiago 1960; Amaneció nublado, Santiago 1962 y Cero a la izquierda, novela publicada en 1966. Con Cambio de Máscara, premio Casa de las Américas 1973, se ubica como uno de los mejores cuentistas jóvenes de Latinoamérica. En México ha publicado tres libros (El dedo en la llaga, Samo 1974; Sin morir del todo, Extemporáneos 1975 y Dos lagartos en una botella, Mortiz 1976). Con este último obtuvo el Premio Nacional de Cuento. Pronto aparecerá su novela En este lugar sagrado, editada por Grijalbo. Militante de izquierda, traductor del inglés, buen tomador de vino, padre de dos niñas hermosas (sobre todo Viviana), excelente conversador, Poli se mete con todo: largas peripecias en algún lugar del mundo, donde el héroe acelera sus sentidos al máximo o bien se aburre mortalmente: devoradores de almejas con lágrimas, porotos y memoria: parejas caníbales que se persiguen por las calles de Santiago mientras él les aplaude o les silba o aúlla junto a ellos, siempre inmiscuido, cuando no autobiográfico hasta la médula. Todos-sus-cuentos-recorridos-por-la-violencia. Ojos carrozas desfiladero abajo.

—¿Cómo te inicias en la narrativa, en la literatura. Cuáles son tus posiciones, los puntos de arranque de tu generación y de ti en particular?
—Casi podría decir que la primera motivación que tuve para escribir fue un estímulo material. No se trataba de dinero sino de un viaje. En un periódico de la izquierda chilena había leído que se abría un concurso internacional (podían participar todos los países y todos los idiomas) para una obra de teatro y que el premio era un viaje a un festival de la juventud que se iba a efectuar, me parece, en Bucarest.

—¿Qué edad tenías entonces?
—Dieciséis debo de haber tenido. Un viaje a Bucarest, ¡fantástico!, dije con un optimismo sumamente ciego. Si hay que escribir, escribimos. Y me puse a la máquina y empecé a inventar personajes y poner lo que decían… Escribí una obrita en un acto que fue enviada a ese concurso donde no ganó ni el mínimo reconocimiento, porque la verdad es que debe haber sido muy mala, aunque la hice con mucha fuerza interna. No fui a Bucarest, pero me pasó algo más importante: al estar inventando cosas que hacían y decían los personajes de ese dramita, descubrí que me gustaba mucho estar escribiendo, que por ahí andaba mi onda y eso fue la partida, el despegue.

—Pero tú tendrías un contacto más o menos cotidiano con escritores; tu padre es un escritor conocidísimo en Chile…
—Claro, mi padre es un escritor conocido, muy querido por mucha gente de muchas partes, y además muy buen escritor. Yo creo que ha escrito cuentos y novelas de primera. Lo que no tiene es paciencia para la gestión editorial. Escribe y guarda. Varios de sus últimos libros, como Sobre todo Madrid (que pronto publicará en México Extemporáneos), Antropofagia y El año veinte se editaron porque yo oficié de agente, firmé los contratos, corregí las pruebas y todo eso… Bueno pero el hecho es que cuando yo comencé a escribir había estado más o menos tres años sin ver a mi padre, ya que el sufría un exilio político (el primero) provocado por la persecución que González Videla “el traidor”, como le puso Neruda, desató contra la izquierda, principalmente contra el Partido Comunista. Naturalmente el hecho de que mi padre fuera escritor, tuviera amigos escritores con quienes me tocaba convivir bastante, tiene que haber influido en mis tendencias. Mis dos hijas (no sé si serán escritoras cuando llegue el momento) escriben cuentos y poesías y dejan a la gente, no sólo a mí, tú también has leído algo, con la boca abierta… Bueno a lo que iba: a raíz de la obrita de teatro, y déjame hacer otro paréntesis: el tema de esa obrita de teatro es absolutamente actual. El escenario es una celda y los personajes son cuatro muchachos que han caído presos en una redad policial mientras hacían un rayado mural, propaganda clandestina. Cada uno va siendo sacado para “los interrogatorios” y devuelto en calidad de bulto después de las torturas, pero sin haber “cantado”. Vuelvo al centro: lo que me gustó más al escribir este drama fue crear personajes (¿una forma de deidad?) y entonces empecé a escribir cuentos.

—Poli, para ti como cuentista, ¿Qué es contar?
—Eso es más o menos complejo. Desde un punto de vista primitivo, para mi escribir un cuento es nada más que narrar una historia desde su principio hasta su final. Así ha sido la narrativa durante siglos. Cuando tú lees los cuentos de Chaucer, que son en verso porque cuando los escribió eso era lo convencional, o ves Las Mil y una Noches, o ves cualquier cantidad de narraciones antiguas (me acuerdo de una transcripción muy hermosa que hizo el francés Bedier de la leyenda de Tristán e Isolda), pues todas se centran en la historia; como que la historia es lo básico. Para mí la historia sigue siendo lo básico, y para llegar a descubrirlo se pasa por todo un proceso que involucra estudio, mucha lectura, intentos experimentales (suelen ser una tentación), etcétera. Uno de los protagonistas del Cuarteto de Alejandría, el escritor más joven, termina declarando, al final de la novela, que ha descubierto, después de mucho tiempo y mucho trabajo, que ya puede empezar, porque ha llegado a saber que desde que el mundo es mundo, toda historia ha debido comenzar con las palabras “érase una vez”…, que es como comienzan los cuentos infantiles y también el Retrato del artista adolescente, de Joyce: “Once upon a time, there was a moo-cow coming bown along the road” o algo así. Claro que una cosa es contar una historia bien, con toda la sal y pimienta que la haga disfrutable: con la profundidad que la convierta en un micromundo. Contar bien una historia involucra una serie de complejidades. Hay tipos que adquieren un gran manejo de la pluma y que tienen poco o nada que decir, escritores fríos y fósiles, pero “buenos”. Hay otros que tienen un buen caudal de vida, de experiencia, de mundo raro, singular, de observación sicológica, etcétera, pero que carecen de esa buena pluma, de la capacidad de volcar bien lo escrito: son escritores “malos”. Si juntamos materia prima (que naturalmente comprende la dosis necesaria de talento) y oficio (que involucra el trabajo cotidiano, permanente), tenemos la habilidad de un buen escritor. Mark Twain, refiriéndose inclusive al genio, lo dijo muy bien: es diez por ciento de talento y noventa por ciento de sudor… Bueno decía que lo central es tener una historia que contar. Ahora, quizás la historia misma no se justifique. Debe trascenderse, decirnos algo más sobre la condición humana…

—Alguien te ha señalado que en Dos lagartos en una botella no se ven las últimas experiencias que ha vivido Chile…
—Yo no nací con la dictadura de Pinochet, yo había nacido mucho antes. Quiero decir, no puedo escribir partiendo desde el golpe militar. No puedo escribir únicamente sobre el exilio. He escrito y sigo escribiendo sobre el exilio. Pero como yo vivía desde mucho antes, también me afloran otras cosas, personajes de otras épocas, historias que persisten desde la infancia, obsesiones, viejos dolores. A lo mejor de aquí a cinco años (aunque esté ya de regreso en Chile) lo que prime sea el exilio. Por ejemplo en Dos Lagartos por primera vez he escrito un cuento que dice algunas cosas sobre China, hace casi quince años que viví en China y nunca había escrito nada. Pasé un mes y medio en Japón y después escribí un libro sobre Japón, un diario de viaje medio pintoresquista que tal vez fue mejor que se perdiera. Pasé dos semanas en Kenia y también escribí un libro de viaje que si se publicó. Con una semana de estar en cualquier parte, cualquier persona escribe un libro. Pero después de dos años de vivir en China, resulta difícil escribir sobre China. Es un conflicto, una mezcla de cosas, una confusión de cosas en que no sabes de repente si vas a poder logara alguna mínima síntesis.

—Pero fíjate que yo creo que en el cuento al que te refieres, Alacrán negro, más que escribir sobre China, tocas otro ángulo del mismo problema, de una obsesión que yo veo en todos tus cuentos, que es la cuestión del desamor. Yo creo que en cualquier ubicación geográfica es secundaria en tus cuentos: es más bien el telón donde se desarrolla una larga temporada de desamor y soledad…
—“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Yo no creo que ese cuento sea fundamentalmente de desamor. Es una palabra que me revienta. Pero mira, aunque vayamos en desorden, te propongo dejar lo del desamor para un poco después, porque siento que como que no terminé de contestar la pregunta anterior, eso de que no se ven mucho las últimas experiencias de Chile…

—De acuerdo, adelante…
—Bueno, el hecho es que yo creo que soy un escritor comprometido con la vida, muy hondamente con la gente, con la libertad, con la revolución y con las clases que tienen la misión de misión de llevarla a cabo. Muchas veces, frente al fenómeno de contar bien una historia, me tropiezo: se puede contarla historia bien, pero uno piensa si acaso pueda no ser esa la historia que hay que contar. Es un problema de orden ideológico. Una de las cosas que sostengo con respecto a Dos lagartos…, libro que reúne diez cuentos donde lo central es la pareja humana en diversas experiencias: la conquista, por ejemplo, el engaño, la ruptura, la violencia, la nostalgia, en fin, lo que sea, las distintas cosas de la pareja humana, es que los cuentos salen como resultado de experiencias que pueden ser múltiples y lejanas; son una serie de factores. Es cierto que cuando se incendia la casa no puedes estar oliendo las flores del jardín. Pero yo no creo que mis personajes “le quiten el poto a la jeringa”, como decimos en Chile. Siempre se desprende algún comentario ácido para toda la serie de valores burgueses que intenta dominar nuestra vida, imponernos la hipocresía, cegarnos frente a la realidad; siempre hay una visión de mundo que se da la mano y el brazo con las fuerzas del avance popular hacia la meta revolucionaria de transformar el mundo, de eliminar la explotación… Aunque los temas no sean la huelga o la guerrilla. Ahora, la experiencia del exilio si va apareciendo. En este libro viene cuento titulado El mar. En Sin morir del todo aparece en varios. Tengo otro más nuevo, inédito, también sobre el tema. Van saliendo. Pero lo que no puedo hace es sentarme a la máquina y decirme: ahora voy a escribir un libro de cuentos sobre el exilio.

—La verdad es que se nota que el exilio te ha marcado y te está marcando.
—Eso está bien; me ha marcado y me está marcando. Para terminar el punto, en mi próxima novela, que editará pronto Grijalbo, vuelco toda una serie de experiencias sobre lo que significó en Chile el proceso de la Unidad Popular en la vida diaria e ideológicamente. Pero también aparecen hechos y situaciones que marcaron a la gente veinte años antes… Hay un personaje que hacia la fecha del golpe es un militante revolucionario, pero que veinte años antes fue también un joven crápula, frívolo, superficial… Cerremos el tema.

—Y volvemos entonces al desamor…
—Te decía que no me gusta esa palabra. Yo no más creo en el amor; el desamor no existe: todo es el amor. El amor a una mujer, el amor a tus padres, a tus hijos, a tus amigos, al mar, a los insectos, ¡Qué sé yo!

—Me parece extraño. He estado releyendo tus cuentos y en casi todos veo una especie de segmento final que siempre es el desamor. Creo que es estado es definitivamente una de tus constantes.
—Pero oriéntame en qué cuento, porque para mí el desamor es casi un fantasma. Creo en el amor y en los pasos, en las etapas, en las facetas del amor. Por ejemplo en mi propia relación personal con las mujeres no ha habido nunca desamor. Puede haber habido violencia, desilusión, rompimiento, tedio, odio temporal, celos, lo que sea. Pero no desamor. No entiendo eso de desamor.

—Yo en ningún momento me refería a tu experiencia personal; imposible además que me fuera por ese lado. Pero el desamor como una constante y como una obsesión, lo veo dentro de tu obra. Me pides ejemplos y te los doy: en Dos Lagartos en una Botella veo que el desamor es el hilo fundamental: Morir en Guanajuato, Alacrán negro, Vodka, Presuicidio en el mar y el que da el título al libro. Casos aparte parecen El esqueleto de un dinosaurio y El mar; y ya de otra onda Muchos señores calvos y sin bigote y Un leopardo en la cumbre de un volcán, donde más que desamor es la soledad y el aburrimiento total lo que impera.
—Bien, déjame echarle una ojeada al índice. Morir en Guanajuato. Es bien clara cuál fue la motivación para escribirlo: la impresión que causa el museo de las momias, donde las ves en hilera y un tipo te va diciendo esta momia es Fulana y vivió en tales fechas y esta otra es Zutana y hace cinco años que los sacaron del cementerio, y a este otro hace ochenta que lo sacaron del cementerio. Un doctor francés vestido de chaqué y con chaleco y a su lado (a los extranjeros los pone aparte) ves a una chinita pequeña con una enagua donde está ya muy seca la mancha de sangre. Ese doctor francés y esa chinita le producen un estímulo muy fuerte a la imaginación, y el tema del amor se da allí solo. Que el desenlace de la historia que invente con estos personajes que jamás tuvieron que ver el uno con el otro, que ni siquiera pudieron conocerse, que vivieron en épocas distintas, pero que ahora comparten de cierta forma un destino común en la muerte, sea una historia de amor y decepción, pues ahí estoy metiéndome en la cosa. Quizás pueda ser yo algo escéptico en los detalles de la vida mínima. Pero no en mi concepción total… Vamos viendo los cuentos.

—Permíteme un momento. En Morir en Guanajuato tú creas una historia. A mí esa historia, desde el primer momento me da un ambiente de desamparo; es decir, comienza esto con el médico francés huyendo de Francia, de su cotidianidad y su esposa, luego se encuentra con una chinita y tiene su historia de amor que es un tanto sórdida, un tanto dolorosa; y desde el primer momento, uno sabe que la cosa acaba, y que acaba mal; es decir desde el primer momento del cuento tú no les concedes ninguna posibilidad de salvación.
—Ya son momias.

—Claro, y ensangrentadas para más remate. Igual que el chavo de Presuicidio en el mar.
—Pero lo que salva a algunos es el estrecho momento del fracaso y el momento de la resolución final. El personaje de Presuicidio en el mar, por ejemplo, se salva en ese trecho, porque el tiempo sigue pasando y transformando lo que media entre un instante y otro, y de pronto las cosas son ya diferentes. Primero se va a matar y luego dice “que tanto”.

—Volvamos a tus inicios como escritor, me gustaría que me platicaras sobre tu generación.
—Cuando yo empecé a publicar las primeras cosas, se me apareció una especie de hada madrina, un escritor algunos años mayor que yo que “integraba” esa generación que Lafourcade llamó del 50 pero donde no estaban algunos de los escritores más importantes de ese momento y de esa edad, como José Miguel Varas, Luis Vulliamy y Edesio Alvarado. Mientras los del 50 ejercitaban el estilo, se hacían mucho autobombo y adoptaban posturas existencialistas, estos otros escritores, a los que se suman también Sergio Villegas, Franklin Quevedo y algunos otros, habían dejado temporalmente la pluma y se dedicaban horario completo a la lucha política desde la clandestinidad, al periodismo clandestino, etcétera. Como dije, encontré a esa hada madrina, Armando Cassigoli, que era una excepción entre los del 50 por su militancia a través de la acción y de las letras. Cassigoli dirigía la revista de la Sociedad de Escritores de Chile. Me pidió un cuento y ese cuento apareció publicado en una revista que leían casi todos los escritores. Antes habían salido algunas cosas mías en el suplemento dominical del diario El Siglo, del PC Chileno.

—¿No te estás refiriendo a la antología de cuentistas jóvenes que hizo Cassigoli?
—No: esto fue antes. La antología vino a salir en 1959, cuando yo estaba trabajando como traductor en Pekín. Se llamaba Cuentistas de la Universidad, aunque prácticamente todos éramos nada más de una de las facultades de la Universidad de Chile. Allí se dio a conocer a un grupo que comenzaba a patalear en la narrativa. Algunos eran ya conocidos y estaban escribiendo bien, como Jorge Teillier, a mi juicio uno de los mejores poetas de Chile en cualquier tiempo (pasado, presente y futuro), y como Jaime Valdivieso, que por esos mismos días publicaba su novela El muchacho. Otros apenas nos dejábamos caer y encontrábamos los primeros enfrentamientos con la crítica literaria. Había unos cuantos talentos en esa antología, pero varios los ejercieron por otros cauces: Grinor Rojo en la crítica y el ensayo, Guzmán en el cine. Skármeta y yo persistimos tercamente en el cuento, con entusiasmo y porfía. También siguieron escribiendo, de esta “novísima generación”, como nos bautizó, José Donoso, Carlos Morand y Cristián Huneeus…

—De infausta memoria, este último.
—Sí, claro; yo creo que es una especie de muerto, un tipo de museo de cera… Hay otro que siguió escribiendo, pero que sólo vino a publicar ya un poco tarde con respecto a los demás, Ernesto Malbrán, muy bueno, muy loco, audaz, vital…

—¿Y en qué generación se ubicarían Miranda, Quijada, Domínguez, Jerez y, ah, Olivares que, al menos publicitariamente, se añade pronto al dúo que a principios de los sesenta era la joven narrativa chilena, o sea, Skármeta y tú?
—Todos lo que has nombrado son buenos escritores. Te faltó Ramiro Rivas, que anda muy bien. En cuanto a cuestión generacional, no sé, creo que somos todos afines, aunque Miranda tenga cinco años más que yo y yo cinco más que Olivares. A propósito, Olivares reconoce su deuda fundamental con un escritor mexicano José Agustín. Una vez en una fiesta se me acerca Olivares y me dice: “¿Qué piensas tú de mis cuentos?” Yo le digo que me gustan, pero que están en la onda demasiado skarmetiana y creo que no es bueno que un escritor joven y vital esté en la onda de otra persona; que tiene que estar en su propia onda. Olivares me dice “no, yo no soy skarmetiano, mi raíz está en José Agustín”. Yo, ignorante, le pregunto “¿José Agustín Qué?” “José Agustín a secas”, me dice, y había otro compañero que lo secunda (era Mariano Aguirre) y me dice escandalizado “¿qué no conoces a José Agustín?” Me vi entre la espada y la pared y confesé: “no, ¿Quién es, quién es? Pues José Agustín era el más importante autor joven, con Gustavo Sainz y otro de otro país de habla hispana que no recordé en ese momento. Pensé que estaban en un estado de mucha exaltación (¿los pícaros grados?), pero al día siguiente fui a la librería universitaria y casi con vergüenza pregunté por José Agustín. Vergüenza, digo, porque sentía un poco el deber de dar también el apellido; y me pasan una novela que se llama De perfil y que leí muy rápido. Me pareció muy buena novela, muy fresca, graciosa, llena de vida, de hallazgos de lenguaje, y vi un poco lo que querían decir estos cuates. A todo esto en Chile vivíamos un proceso de lucha política, de compromisos vitales con el avance revolucionario, de entrega a las tareas cotidianas, y todo eso absorbía mucho tiempo. Pues con respecto a esta generación “novísima” (siempre me ha reventado la sangre esta palabra), creo que ya no tienen validez; fue totalmente dividida. Para gente como Skármeta, Ariel Dorfman (que se incorporó más tarde a la narrativa, pero ya era conocido como ensayista), Manuel Miranda, Jerez, Olivares, los tipos como Hunneus o MOrand no significan nada. Hunneus partió con algún impulso, pero derivó su talento hacia un esquematismo aristocrático. Su último libro, La casa en Algarrobo, me parece detestable…

—¿Tu generación es influida por qué gente? ¿A quiénes crees le deben diversos rumbos creativos? Y tú, en particular, ¿qué escritores crees que marcan tu obra?
—Tengo la impresión de que en general nos tocó con mayor fuerza la influencia de los novelistas norteamericanos, Hemingway, Faulkner, Caldwell, Dos Pasos, Saroyan. Conocemos a Chejov y Mauppassant, a Falubert y Dostoievski, pero nos inclinamos a la desliteraturización de la narrativa que iniciaron los norteamericanos, partiendo, me parece, desde el propio Mark Twain, con su colosal Huck Fin. En Skármeta, por ejemplo, se divisa a los beatniks como Kerouac O ginsberg, pero también a otros más viejos, como Saroyan y el Hemingway de los primeros cuentos.

—También se divisa a Hemingway en tus cuentos.
—Saroyan es un tipo que me gusta mucho y que releo a menudo. Acabo de encontrar un libro en el que mete una especie de prólogo que se llama declaración de un escritor, o algo parecido. Lo escribe Saroyan veinte años después de publicar su primer libro y con ese motivo, y es excelente, se puede calificar de maravilloso. Después de leerlo casi no quedan ganas de leer los cuentos, porque uno piensa que no pueden ser mejores. Un tipo absolutamente vivo, activo, cambiante, que no está nunca sometido a la misma rígida norma…

—Sí, como que Saroyan se conoce poco en español…
—Porque no es espectacular. No es quizás u tipo de Premio Nobel. Pero tiene muy buena entrega y muy buena vocación. Al hacer el análisis de los últimos veinte años de su vida en ese prólogo (últimos respecto a cuándo lo escribió), dice: Hace veinte años escribí mi primer libro (que por lo demás se llamaba, si no engaña la memoria, El joven del trapecio volador) y lo publiqué; desde entonces hasta ahora nunca he ganado dinero por otros medios que no sean escribir; nunca tampoco he ganado mucho dinero. Buen chance también, que le permite decir voy a escribir y voy a vivir de eso y nunca voy a tener que pegar estampillas.

—Además Saroyan es en cierto sentido un escritor lírico, aunque el lar sea alguna ciudad grande de California; es un escritor pegado a la tierra.
—Es lírico sólo en cierto sentido. Yo siempre asocio el término lírico con poetas como Teillier, Omar Lara, Rolando Cárdenas, que quizás vengan un poco de la poesía de Francis Jammes o Paul Geraldy, o del Gran Meaulnes; digamos como una constante vocación de la infancia, de lo perdido, de lo ido. No creo que Saroyan esencialmente sea eso, aunque siempre en él está presente su ascendencia armenia. Los armenios son gente formidable, apegados de un modo fanático a sus tradiciones familiares, a su idioma (estoy hablando de los armenios en Norteamérica), a sus guisos y sus costumbres. Los armenios norteamericanos son norteamericanos, pero no dejan nunca de ser armenios. Así se ve en esa formidable novela que es Un tal Rock Wagram…

—Hablábamos, para volver al tema de tu generación…
—Hay dos escritores singulares a los que me parece difícil detectarles las influencias: Lavín Cerda y Rodrigo Quijada. Ambos viven en México y publicarán pronto, de modo que es preferible esperar. Quijada es en cierto modo un humorista negro. Su visión del mundo y los hombres se asemejan a veces con los de ese ponzoñoso Bierce del Diccionario del Diablo. Está por aparecer su novela Graduación, que dará una buena sorpresa.

—¿Hay algo más que quieras decir, Poli?
—Sí, que estoy un poco cansado porque llevamos como tres horas hablando de temas forzados; forzados en el sentido de que esto es una entrevista y que hay que estar alerta. Pero me gustaría decir que hablando al correr de la cinta se le pasan a uno muchas cosas. Acabo de pensar que durante un buen rato me referí a los escritores de mi generación, y que no dije nada de varios que son estupendos, como Hernán Valdés, autor de dos novelas sumamente interesantes y de ese formidable testimonio de la represión y la ignominia que es Tejas Verdes, como Víctor Torres, cuentista y dramaturgo al que le he perdido la pista. Pero no sigamos. Déjame terminar diciendo que mi generación ya tiene algunos rasgos fuertes. Es en parte una generación del exilio, y en parte una generación de la clandestinidad… Dicen las malas lenguas que hace años Enrique Lafourcade se enojó con Claudio Giaconi y lo excluyó de la segunda antología de cuentistas del 50, algo así como que lo expulsó de la generación. Con los conformistas, nosotros haremos lo mismo, los expulsaremos de nuestra generación. Puede sonar divertido. La verdad es que ya están quedando marginados.


* Nota del transcriptor: Poli dijo a La Nación de Chile que Bolaño siempre le solicitaba entrevistas en México, pero no publicó todas sus conversaciones, también era una tradición entre ellos discutir sobre Neruda, Poli defendía a su amigo y Bolaño terminaba el debate con un brindis: “Neruda era una mierda. Viva Chile mierda”. Entrevista publicada originalmente en la segunda época de la revista mexicana Plural (1976-1994).